Biografia de una pelota I (versión en castellano)
Abandonada, cerca de un arbol, en los márgenes de lo que un día fué algo parecido a una cancha de futbol, la pelota rememoraba sus dias de gloria por las verdes alfombras de medio mundo. Solitaria, contemplando los restos prodridos de lo que antaño fué el larguero de una portería, sintió nostalgia de su juventud, cuando era una pelota nueva, atractiva, deseada por los mejores jugadores del planeta.
La pelota,mirando su propia sombra, repasó los mejores momentos de su biografía, sólo rotos por las imprevisibles ráfagas de viento que la hacían resbalar lentamente por encima de un manto de hierba alta, quemada y salvaje, allí donde la sombra de los árboles desaparecía dividiendo el prado en dos partes,la soleada, y la húmeda.
La vida de un balón era extremadamente corta y estaba altamente condicionada por la actividad comercial que rodeaba el mundo del futbol y sobretodo, por el poder de las marcas, a las que cada cierto tiempo les convenía comercializar un nuevo modelo de pelota, aunque fuera sólo para amortizar los costes derivados de la inversión en la investigación de nuevo material deportivo.
Pero nuestra pelota habia tenido la suerte de trabajar durante un trienio en diferentes lugares del globo terraqueo, y eso era algo que nunca podría olvidar, por mucho tiempo que pasara. En cierto modo -se dijo- había sido una privilegiada, ya que la mayor parte de pelotas que había conocido habían llegado como mucho a tomar parte de partidos básicamente discretos, de la primera división sueca, alemana y rusa.
Salvadas de la mediocridad, dos de sus mejores amigas pelotas habían llegado a disputar dos partidos de cierta trascendencia. Una habia tenido la suerte de ser el balón de un partido del calcio entre la Juventus y el Inter de Milán, y siempre que se encontraban recordaba con una indisimulada emoción, la ternura con la que el medio centro francés Michel Platini le había tratado a lo largo de los noventa minutos,sobretodo en los lanzamientos de libres directos.
La otra pelota había protagonizado un derby de la liga inglesa entre el Manchester United y el Manchester City, e igualmente había conocido el tacto de la potencia desbocada de otro francés llamado Eric Cantona, y el fantástico ambiente en las gradas de los vetustos estadios ingleses.
Y hasta una vez, durante un entrenamiento previo a un partido internacional que se disputaba en el estadio de la Bombonera en Buenos Aires, entre las selecciones de Argentina y Serbia, nuestra pelota había conocido a un balón que había llegado a lo más alto de la profesión. A la pelota que todas las pelotas envidiaban, y a la que todas tomaban como ejemplo.Se trataba ni más ni menos que de la gran Adidas Azteca, la pelota de la final del mundial de Mexico 86 que disputaron Argentina y Alemania, donde la albiceleste, comandada por el gran Diego Armando Maradona besó la gloria y se llevó la dorada copa del mundo con forma de lámpara de sobremesa hacía Buenos Aires, donde aún hoy recuerdan ese día y el recibimiento que dispensó la capital a sus héroes.
Esa pelota, la Azteca, había sido la primera fabricada con materiales sintéticos, que ofrecía grandes prestaciones por su impermeabilidad y durabilidad, obteniendo unos resultados excelentes en terrenos duros y en altura.
Todo quedó en família, porqué su hermana, había tenido sin lugar a dudas un privilego de rango igual o superior. La pelota en cuestión había sido mimada, manejada y conducida en una zigzagueante carrera hacia el cielo por el diez argentino, en lo que luego se consideró como uno de los mejores goles de la historia del fútbol moderno, en el partido de cuartos de final de ese mismo mundial, entre Argentina y Inglaterra.
En las charlas familiares, las dos pelotas coincidían en la afirmación que nunca ningún otro jugador, las había tratado con tanta dulzura.
Envidia, envidia sana pero envidia al fin y al cabo, fué lo que sintió nuestra pelota cuando conoció a la Azteca y família. En esos momentos ignoraba, que su momento de gloria aún estaba por llegar....

