Nuestra pelota no había llegado tan alto pero casi. Su momento de gloria tuvo lugar el día 20 de Mayo de 1992, en el marco del segundo evento futbolístico más importante después de la Copa del Mundo, la Copa de Europa, hoy mediáticamente llamada, Champions League.
Inmóvil, con medio cuerpo en la sombra y el otro medio en el sol, esperando que alguno de los chavales del pueblo se decidiera a mejorar su técnica futbolística, recordó ese acontecimiento, su acontecimiento, y casi sin quererlo se sintió vieja por primera vez.
Todo había ido muy rápido. Del laboratorio de una conocida marca de material deportivo ubicado en Seattle – que pese a tener su sede central en Munich buscaba implantarse con fuerza en el mercado norteamericano para competir con su rival- hizo el salto a Europa. De la cadena de montaje pasó a la fase de acabado manual, para superar posteriormente el exigente control de calidad que el laboratorio sometía a todos los balones. Y entonces llegó el día, su gran día, cuando pudo experimentar por primera vez el impacto de un disparo humano. Hasta entonces, sólo había recibido los impactos de una especie de máquina extraña con una multitud de brazos – o pies según se miraran- articulados capaces de ejecutar cuarenta disparos en un minuto, pero no había nada como sentir el tacto y la fuerza controlada de un chute humano.
Poco se imaginaba nuestra pelota durante el viaje en la bodega de aquel avión que cruzaba el Atlántico en dirección al Viejo Continente, que su bautizo de fuego iba a tener lugar en el mítico estadio de Wembley, donde al cabo de tres días se disputaría la final de la Copa de Europa, entre el FC Barcelona - el Barça- i la Sampdoria. Los dos equipos, se habían ganado el derecho a disputarse la copa al haberse proclamado el año anterior, vencedores de sus respectivas ligas nacionales, la liga española y el calcio italiano. Nunca durante su entonces corta vida había soñado con una oportunidad laboral como aquella.
Se supo entonces una pelota privilegiada, más aún cuando sabía de un montón de pelotas –consideradas de gama baja- que compartían junto con niños y niñas que no superaban los diez años de edad, jornadas laborales de hasta trece horas diarias. Niños y niñas de origen pobre que se encontraban en medio de la espada familiar y la pared de una multinacional, y para los cuales, aquel objeto redondo, no era más que su instrumento de trabajo, y el mal precio que obtenían por cada unidad cosida.
Durante los tres días previos a la final, nuestra pelota estuvo alojada en una caja especial, que la protegía tanto de los excesos del calor como de la humedad. Finalmente llegó el día. Era miércoles, 20 de Mayo, ocho de la tarde cuando unas manos humanas –que le parecieron sin duda femeninas- le insuflaron con un aparato puntiagudo y un poco doloroso, la presión oficial hasta llegar al diámetro recomendado por la FIFA. La agarraron con cuidado y la llevaron justo hasta el centro del campo, donde la colocaron encima de un círculo blanco pintado sobre la hierba verde.
Allí estuvo casi veinte minutos que le parecieron una eternidad y mientras esperaba el agudo sonido del silbato arbitral, se sintió el centro del mundo. Tenía una visión privilegiada. Aquel estadio, vetusto pero entrañable, que los expertos no dudaban en calificar de mítico presentaba un aspecto sensacional. Lleno hasta la bandera por dos aficiones que esperaban obtener el mismo premio, la Copa de Europa, también conocida como Copa de las Orejas.
Bufandas azulgranas, camisetas azul celeste, banderas catalanas y independentistas, rostros expectantes, uñas mordidas, y humo, mucho humo, el humo de las bengalas que, pese a estar prohibidas, habían conseguido introducir dentro del recinto, las dos aficiones.
La pelota levantó la cabeza, miró las gradas, y contempló entusiasmada el espectáculo que estaba por empezar. Aunque la noche en Londres era fría, estaba convencida que el sitio donde se hallaba, era el lugar más caliente de la ciudad. Mientras esperaba el silbido inicial se sintió la pelota más feliz del mundo.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
S.L.R.

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